Por Mario Hernández

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25 julio 2020

Mi nombre es Daniel Noboa, soy el creador de un emprendimiento social llamado, La Capital del Chocolate.   Estudié creatividad publicitaria en Buenos Aires desde el 2013, y luego de algunos años regresé con mi media familia, y en especial a un lugar que mi madre había elegido como lugar de vacaciones.  Ubicado a 130 kilómetros de Quito, de la Capital Ecuatoriana, donde nací. Este paradisiaco destino que me acogió luego de muchos intentos en la Capital Porteña buscando un trabajo digno en el área que había estudiado.

Desgastado de fracasos, es que me di la oportunidad de vivir una experiencia distinta y conocer a mis amigos de ASOANE, una asociación de productores de cacao nacional, de una variedad de alta calidad, conocida como “fino de aroma”, que nació hace muchos años en varias comunidades del Chocó Andino, en el centro del mundo, Cantón Puerto Quito. Ecuador.

Cuando los conocí, habían alcanzado varios logros comunitarios, un centro de acopio y vivero, un centro de lenguajeo, fincas hermosas y preparadas para brindar experiencias únicas con el cacao y chocolate, además de rutas y otras actividades alrededor de los bosques húmedos, llenos de biodiversidad.

Integrado por personas de distintas edades, sexo, gustos y cultura, pero con algo muy sencillo en común, la pasión por el cacao que nos hacía entender que todos tenemos un fin y también un compromiso, con las personas, la tierra viva y el cacao de origen.

A pesar de los grandes logros, aún faltaba mucho por hacer, como conseguir un precio más justo por el cacao, y es que las personas que venían a comprar, en su mayoría se trataban de intermediarios, respondiendo a altas demandas internacionales captadas por pocas empresas. Los precios que hace poco no llegaban a $80,00 dólares el quintal no justificaban ni los insumos necesarios para cuidar las siembras con procesos orgánicos que garantizan la calidad de los alimentos.

Sin saber bien el destino de estos cacaos, y tampoco el mío, nos encontramos con Francisco en la búsqueda por emprender. El venía de una gran trayectoria de trabajo con el cacao y la naturaleza, de espíritu emprendedor y con un gran compromiso por sacar adelante a su comunidad. Yo venía de haberme graduado en publicidad, con muchas ganas de hacer valer tanta información, aunque nada sabía del campo, pero por varias razones, me encontraba buscando un mejor cacao para mi chocolate, que sin entender bien los procesos, ya me había embarcado en semejante emprendimiento.

Aún me faltaba resolver dos condiciones críticas para sacar un buen chocolate, se trataba del proceso post cosecha que se le debe aplicar al fruto, y el refinado del chocolate.

La primera pieza clave lo resolví con ASOANE, que gracias a su dominio en los procesos orgánicos para tratar el cacao de origen, consiguen maximizar las cualidades de su aroma y sabor. La segunda pieza la rebusque con todos los recursos posibles, tutoriales y videos que me resuman que existe una máquina que refina el chocolate y tenemos que importarla, así como también que existe un proceso de templado que transforma el chocolate. Estos procesos requirieron al menos de un año de práctica y recursos para llegar al resultado esperado, una barra de chocolate 63% con panela.

Esta barra fue el inicio de una gran alianza entre el cacao y el chocolate, el campo y la ciudad,  y nuestros primeros intercambios fueron de conocimiento, logrando algo más allá de una relación comercial, una  relación de desarrollo reflejada en el producto.

Definitivamente la idea de producir y vender chocolate más que cacao, propone un trato más justo ya que el precio de una barra de chocolate en el mercado es 10 veces mayor que el cacao, en especial en chocolatería fina en donde cada pieza gastronómica contiene más del 50% de cacao puro. Esto permite dos cosas, conservar los nutrientes del cacao y  tratar al cacao en la localidad con el trabajo del productor.

Logramos un buen producto y buena aceptación, pero pocas ventas, un precio muy elevado y el  alcance no trascendían de la localidad, no contamos con recursos para promocionar el producto. Esta situación requería que salgamos de la zona de confort que tanto nos había costado llegar. Decidí delegar importantes procesos a una fábrica de mediana capacidad y compromiso con la calidad y el cacao, igual que nosotros.  Esta oportunidad se dio gracias a la necesidad de esta empresa por mejorar sus empaques y desarrollar nuevos productos. Lamentablemente su modelo de negocio no dejaba presupuesto para diseño o publicidad, pero tenía todo por hacer. Nosotros no teníamos dinero para acceder a los servicios de la fábrica,  así que se dio un trueque.

Diseñé una colección de cajas para su línea de chocolates y un sitio web para su marca de fábrica,  a cambio de una producción de 150kl de chocolate con nuestro cacao y panela de origen, (el resultado es una producción de 1500 barras de 100g). Se hizo una larga búsqueda por el diseño de los empaques, la marca, el logotipo, tamaños,  materiales de promoción y ventas, un blog y más cosas en un proceso de ensayo, prueba error, que nos costó mucho tiempo, pero poco dinero. Era una forma  segura de que un grupo de agricultores, aislados de la ciudad y las tendencias, accedan a estos recursos, indispensables para competir en un mercado con lenguajes únicos, precio, calidad y valor agregado.

No puedo obviar aquella parte de la historia que viví en Argentina y que la volví a repetir en Ecuador, y es que le había dedicado mucho tiempo aprendiendo hacer chocolate para finalmente dejar ese oficio. No fue una decisión fácil pero, a diferencia de experiencias pasadas en modalidad zonajobs,  esta fue una decisión solidaria. Las comunidades no necesitamos a todos haciendo chocolate para obtener mejores ingresos,

Necesitamos una red articulada y justa, funcionando como una empresa, pero de forma independiente y comprometida.

Es así que tome un rol más general y empecé a ver en cada producto el esfuerzo que había detrás, las personas, y las esperanzas por algo que simplemente empezó involucrándonos a todos. Cada uno es bueno en algo y necesitábamos desarrollar esta cadena. Tener esta consciencia desde el campo nos hizo ser diferentes en el mercado.

Retorne a la ciudad a rebuscar cada rincón de aprendizajes que me servirían para entender en que sector de la industria estamos específicamente y cómo podemos  ser parte. Desde mi punto de vista no veía otra cosa que no fuera marketing, publicidad y creatividad.  No era de los mejores de la clase, pero la experiencia que me permití en mi vida, encontró en mí, las ganas y motivación suficiente para hacerme volver a la cancha, con las mismas herramientas pero con otra actitud, y con un proyecto sólido por lo que valía la pena luchar.

Esto apenas empieza, ya que en la búsqueda por ser encontrado, aparecen grupos organizados, instituciones, públicas, ONG y otros actores solidarios que están ahí, ayudando a los que puedan, a levantarse sobre una primera plataforma invisible que sostiene gran parte las iniciativas del mundo emprendedor. Son las redes de la economía circular,  social y solidaria.

En este primer escalón, se ponen a prueba toda motivación y justificación, aquí ya no eres ese mundo especial que construyeron en equipo, solo éramos una pieza más de una gran superficie de ofertas en relación al número de interesados. La mayoría de emprendimientos caracterizados como artesanal, familiar, colectiva o personal, con varias similitudes y limitada por los propios circuitos.  Aún no habíamos llegado a ningún lugar, pero era importante saber enfrentar y conquistar en cada escalón para poder ver el siguiente.

Nuestros productos empezaron a destacar por la innovación, sabor y presentación, cada crítica nos abría un mundo, y detrás de cada expositor una oportunidad de ser parte de otro circuito. Habían muchos caminos, solo teníamos que asumir que aún no habíamos llegado a la meta.

Pasamos por decenas de ferias, invirtiendo tiempo, energías y recursos, a veces se vendía, a veces no. Se practicaba mucho el trueque y se conocía gente muy bonita. Esa es la condición de la feria, resistir y posicionarnos todos como un solo producto. En las mismas ferias aparecían actores con mayor trayectoria, que habían generado modelos de negocio sostenibles en la comercialización, locales de venta, participación en eventos, en tiendas virtuales y el mercado extranjero, algunos nos dieron la oportunidad de ser parte de su cartera. No tenemos el potencial de vendedores pero teníamos un producto de calidad que parecía empezaba a promocionarse solo.

Las pruebas eran más duras a medida que conocías a otros actores de la industria, “La competencia”,  posicionados en diferentes niveles de la sociedad con productos que varían entre dos dólares como es Pacari y $400,00 dólares en Toák.

El mercado aún no lo encontramos pero la competencia estaba en cada lugar que pretendíamos acercarnos. Tiendas veganas, orgánicas, galerías, supermercados, entre otros.

Convencido que ese es el camino, empecé a trabajar en experiencias asociadas a los productos, crear nuevas presentaciones y ayudar a desarrollar el packagin y la marca de algunos productores que quieran iniciar su negocio. De a poco, el nombre de nuestra marca que no tenía nada de creativo, pero mucho de ambicioso,  es dejar de ser la republica de materia prima y exportación de ingredientes para convertirnos en La Capital del Chocolate y de productos terminados. Una declaración que seguramente tomará varias generaciones cumplirla, pero que es indispensable seguir impulsando.

Es importante mencionar que mientras todos tirábamos de la cuerda hacia la misma dirección, otras oportunidades engrosaban nuestra futura oferta, y es que, gracias a viejos chocolateros de la zona de Mindo, nuestro cacao fue parte de un concurso, en donde, a través de pruebas de laboratorio integramos ahora una base de datos de cacaos únicos en el mundo por su variedad, salud, origen, sabores y otras variables que habilitaron un vivero para reproducir estas maravillosas plantas llamadas Heirloom.

Esta condición me ponía en desventaja, en pensar que lo que aporto no es suficiente en relación a lo que ellos estaban logrando. El impulso era mutuo, y en la búsqueda por dar un paso más, encontré a tiempo un concurso de chocolates Ecuatorianos, organizada por un prestigioso colegio de catadores y en el que participan las marcas más reconocidas de chocolate negro  a nivel mundial y local. Participamos con dos barras de chocolate, nuestra emblemática 63% Andean Chocó con panela y la poderosa 100% puro cacao.

Sabíamos que aquellas marcas que dominan el mercado participaron con más de diez barras en diferentes categorías, pero no sabíamos que entre más de 250 barras, ganaríamos una medalla de plata en la categoría oscuro con nuestra barra asociativa 63%, aquella perteneciente a cada persona de esta gran red de compromiso.

Un poco antes de la aparición de virus Covid -19, y a raíz de los últimos logros,  las mujeres empoderadas de nuestra asociación buscaron abrirse paso en la localidad para promocionar actividades turísticas y los productos ganadores y únicos. Su insistencia terminó organizando a varias asociaciones de cacao para sostener la primera tienda comunitaria del Chocó Andino. Lamentablemente ahora está cerrada por falta de afluencia turística y recursos.

Acabamos de hacer nuestro sitio web y aún falta mucho por hacer, no tenemos la variedad de productos, ni la capacidad financiera industrial para competir en precios ni ubicaciones, pero tenemos algo único y diferenciado, un chocolate que sabes de dónde viene y quien lo trabaja. Combinaciones exóticas y saludables, y sobre todo, la oportunidad latente de poder vivir el interior de este salvaje bosque dentro de la Biosfera del Choco Andino, en Puerto Quito Ecuador.

Autores.

Francisco Monserrate  –  Yamile Roldan –  Rommel Jumbo  –  Isabel Armijos  –  Patricio y Carmen Cusme – Diego Sáquesela – Ángel Suco – Manuel y Miriam Centeno – Javier Mejía – Rosa Salazar Olga Salazar – Dennis Marchan – Daniel Noboa – Mario Tapia – Gabriela Pillalaza – Christian Benavidez  – Daniel Noboa.

Descubre los productos de La Capital del Chocolate

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